23 dic. 2015

Contemplo admirado el belén que mi mujer y mis hijas han montado sobre la mesa del salón. Es un disparate en cuanto a las reglas de la proporción –Herodes es un cíclope sobre las almenas diminutas de su castillo-, al tiempo que una escuela de sencillez, inocencia y rigor histórico.
El rigor lo pone el Misterio, un joven matrimonio y un niño recostado en un pesebre. También la presencia de los ángeles, los pastores y los tres personajes más enigmáticos que han pisado la tierra, aunque en ningún lugar de las Escrituras se indique su número ni el lugar del Oriente desde el que partieron siguiendo el rastro de una estrella.
Los Reyes Magos no sólo son esa hermosa tradición que anuda en nervios los estómagos de los niños, ni el pastiche que viaja en volandas de esas cabalgatas que los de Podemos quisieran transformar en un desfile marcial de viejos comunistas: Melchor transmutado en Carlos Marx, Gaspar en un Lenin que al generoso mostacho ha sumado una poblada barba, Baltasar en un ejemplo de los parias sometidos al capital. Los Magos fueron gentiles que vivieron cientos de aventuras y desventuras por razones que iban más allá de la astrología y que les condujeron, sin ellos saberlo, a adorar al Dios de los hebreos en una vivienda en la que no cabía un solo alarde.

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Fueron aquellos sabios el primer ejemplo de que las religiones pueden convivir en paz. También de que el cristianismo se propone sin imponerse. Y de que muchas veces son los gentiles –los infieles, según en qué orilla de la fe estemos colocados- quienes nos dan una lección de generosidad que va más allá del heroísmo. Acaba de suceder en Mandera, remota población fronteriza de Kenia, entre Etiopía y Somalia: unos pasajeros musulmanes protegieron con sus cuerpos a otros pasajeros cristianos durante el ataque de los terroristas de Al-Sahabaab a un autobús.

Kenia es un referente de armonía interreligiosa, a pesar de los gravísimos atentados que ha sufrido en nombre de una interpretación bastarda de Alá. Baltasar bien pudiera haber partido desde cualquiera de sus rincones cargado de mirra, un perfume resinoso que evoca el dolor y la esperanza.
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