18 ene. 2016

Los medios de comunicación –tiro piedras contra mi tejado, pero con la conciencia tranquila, pues el lector sabe que El Correo de Andalucía es una bocanada de aire limpio en el universo de la prensa- han perdido, en buena medida, el rumbo, que es lo mismo que decir que han renunciado al sentido de la proporcionalidad, especialmente en internet, en donde la portada de cualquier diario coloca en un mismo plano la complicada situación política de España, la inquietante actividad del terrorismo islamista y el videoclip de Paquirrín, por poner un ejemplo, sólo uno y no el más grave, de la idiocia que apesta este mundo sobreinformado.

Si preguntas a los vecinos –en la cola de la caja del supermercado, en la parada del autobús-, resulta que ha calado con mayor profundidad el estreno de ese audiovisual que los enjuagues de Pedro Sánchez con los separatistas catalanes –todos los principios de sus votantes a cambio de un “sí”- o la última barbarie en Burkina Faso (indiferencia de nuestro mundo cuando los muertos, la mayoría de los muertos, son de otro color).


Voy con lo de Paquirrín y sus hermanos. La broma no merece la portada de ningún diario. Tampoco un solo minuto de televisión, por más que esas ensaladas vomitivas que exploran lo peor de determinados personajes deshumanizados, estiren el invento hasta hastiarnos. Por si fuera poco, el contenido (la música, la letra de la canción) y la estética (el escenario, una suerte de burdel; los personajes corales, una pléyade de señoritas que hacen trizas la dignidad de eso que ahora llaman “género”; los hermanos, jugando a ser la excepción elegantona entre lo burdo; la hermana, zafiedad con nombre y apellido; el protagonista, un batido de todo lo que uno no quisiera por yerno), radiografían el acabose.


A nuestro mundo sólo puede salvarle la belleza. Es una conclusión madurada por muchos genios del pensamiento. Y la antítesis de esa belleza copa estos días los titulares. Un sujeto llamativamente feo, ataviado como el hijo de un mafioso ruso, con una gorra de visera plana enroscada de lado, demuestra que preferimos los monstruos post-goyescos a nuestra salvación.
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