29 feb. 2016

Dicen que no hay que violentar los recuerdos que amamos, que no debemos regresar a los lugares en los que fuimos felices, que es mejor preservar las experiencias que vivirlas de nuevo. Lo dicen aquellos que ven la felicidad como una flor seca que se deshace entre los dedos de quien se atreve a acariciarla, los que sospechan que la distancia nos engaña porque sublimamos determinados momentos que no fueron tan dichosos, experiencias que con los años hemos ido disfrazando con lo que nunca fueron.

Acabo de volver de Kenia, país donde en mi primera juventud fui tan feliz. Las cosas han cambiado. Mis amigos han cambiado. ¿Acaso no he cambiado yo también? Y sin embargo qué dichoso he sido al recorrer de nuevo el entramado venoso de las tierras altas, de la sabana, golpes de verde selvático y vegetación sedienta en apenas un puñado de kilómetros.

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He regresado a un mundo en el que vida y muerte se anudan desde la infancia en una lucha feroz, en la que no se culpa al que cae vencido. Los niños mezclan sus juegos con las exigencias propias de los adultos. Niños que trabajan. Niños que mendigan. Niños que huyen de tantas cosas pero que, en cuanto hay ocasión, rompen el aire a carcajadas, unos fabricándose juguetes de cartón, otros haciendo avanzar con un palo la llanta herrumbrosa y sin radios de una bicicleta.

En un lugar remoto he conocido a un niño ciego, sordo y mudo, suma de maldiciones cuando todos los brazos son necesarios para sacar adelante un hogar. Su familia lo entregó a unas religiosas que cuidan la existencia inquietante del que no puede materializar sus pensamientos. Se me acercó siguiendo el rastro de mi olor novedoso, me tomó la mano: la chupó y la mordió con delicadeza para constatar que no me conocía. Y después permitió que lo aupara, que lo apretara a mi pecho como hago con mis hijos, al tiempo que me acariciaba el rostro, que me palpaba la barba, que deslizaba sus dedos por mi pelo lacio.

He regresado.



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