3 mar. 2016

Mis abuelos conocieron a Hemingway y me lo desmitificaron –fueron muy amigos de Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, así que trataron con parte de la troupe de palmeros que les acompañaban (el enano don Marcelino, que fumaba cigarros puros y dormía en una cuna, aquella a la que llamaban “el animal más bello del mundo”, triste y alcohólica, la guapísima Gilda, de apellido Hayworth, de imposible pronunciación para los toreros, el Charri, un mexicano que era todo corazón…-). Don Ernesto, que fue un genio con la pluma a pesar de lo complicado que resulta leerlo en sus traducciones al castellano, era un curioso impenitente que recorrió el mundo sin esconder sus pasiones por la guerra, la caza y los toros, elementos bárbaros y sanguíneos. En mi casa se ama la Fiesta y se entiende la caza como el arte de la conservación de las especies. No así la guerra, Moloch que devora al hombre.

Hemingway llevaba a cuestas un pesado saco de complejos que le empujaron a una existencia solitaria, macerada por el whisky a pelo. Aquellos fantasmas le acosaron hasta que se rindió. Un tiro y una leyenda. Su rostro ayuda a cincelar la imagen del escritor de escritores. Yo quiero una foto como la suya (jersey de lana gruesa, de cuello de tortuga, propio de los marineros) en la contraportada de mis libros, pero mi rostro es afilado, nada que ver con la noble cabeza del premio Nobel.


Como los grandes mitos del sigo XX (Joselito el Gallo, Rodolfo Valentino, Hitler, Elvis…), don Ernesto podría no haber muerto (el suicidio, el final oportuno de su autobiografía). No en vano, se celebra un encuentro anual de sus dobles en el Slooppy Joe’s, un bar de Florida en el que se reúnen barbudos llegados de todos los puntos cardinales. Entre ellos eligen al que más se parece al autor de “Fiesta” y después se emborrachan. ¿No se esconderá Hemingway entre ellos?

Unos pescadores filipinos han encontrado un yate a la deriva. La embarcación llevaba perdida desde 2009. En su interior hallaron al capitán, momificado con la postura propia de los beodos. Adivinen a quién se parece…


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