7 mar. 2016

Para la religión política, la Cámara Baja es más que el Areópago ateniense en el que se mezclaban sabios y verduleras. Las reuniones de próceres a la sombra de un árbol, en la plaza porticada, a la puerta de la catedral… acudieron a la Villa y Corte para fusionarse entre alfombras y corbatas, hasta hacer del Congreso el sacta santorum de los oradores públicos, la tribuna en la que la democracia se hace oír, la asamblea del pueblo, el atril que ha enhebrado la historia parlamentaria de España, con sabor a regencia, monarquía, trienios, repúblicas, dictadura, transición, felipismo, Aznar y caída libre desde la malhadada ceja, pasando por las muecas incontrolables que terminan –por el momento- en este cachondeo que deja corta la imaginación bullanguera del autor de “13, Rue del Percebe”.

La cosa está para golpe de Estado. Pero no de sables, Dios nos libre y el ejército los guarde, sino de los paganini que cumplimos con Hacienda para mantener, entre otras cosas, a estos simpáticos representantes del pueblo, según dictó el último recuento de votos, que han hecho de la soberanía (de nuestro mandato para que se ocupen de lo que es de todos) un festival de gracietas, un póngame usted el micrófono soy yo quien interpreta el reglamento le voy a decir quién manda aquí no me da la gana sentarme se te marca el sudor en la camisa remangá ven pa’ca moreno que nos vamos a pegar un beso en los morros.

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España está para salir corriendo sin volver el rostro. Han llegado los bárbaros que reescriben la historia a los terroristas, que tienen la ropa empapada en sangre, y el personal sin enterarse, sentado frente a la pantalla con una cacerola rebosante de palomitas, que se besen, que se besen, el disparate nacional enfocado en  los morreadores de la barba, que con la ficción de su amor soviético patinan un odio aprendido en las facultades que huelen a porro y pasean en andas un monigote de Kim Il-sung, el presidente eterno.

Me pregunto (nos preguntamos muchos) si ambos diputados aprovecharon el ósculo para intercambiarse un chicle mascado. Al de Iglesias, seguro, ya no le quedaba sabor.


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