28 mar. 2016

A lo largo de la semana, mientras las calles eran un denso río de penitentes, cofrades, hermanos, bandas y público, muchísimo público, casi no ha habido periódico al que no se haya asomado un laicista malhumorado, reclamando a cara de perro la reconversión de las fiestas religiosas en una celebración asépticamente civil, en las que no se pueda recurrir a tradiciones vinculadas a la fe –la cristiana, precisemos, pues nos corresponde a causa de nuestra civilización y a la fidelidad de nuestros ancestros, así como a cada uno de los católicos que nos sentimos orgullosos de nuestro bautismo- que juzgan contraria a las buenas manera de una sociedad democrática, en la que las creencias no deberían abandonar los guetos del templo y el hogar.

Los laicistas, también aquellos que firman columnas en los medios de comunicación, no aceptan la sana convivencia entre la práctica católica –que en ocasiones contadas y avisadas, toma la calle no solo en beneficio de los creyentes sino de, por ejemplo, el prestigio de un país marcado por una cultura arraigada- y el cumplimiento de las leyes (¿qué leyes?). Tal vez les moleste la belleza de la imaginería, el redoble de los tambores, el golpe seco de los bombos, el grito dramático de los instrumentos de viento, el aroma de la cera y lo intransitable de las vías públicas, aunque mucho me malicio que su problema es la existencia de un Dios revelado que aseguró estar por encima de los césares y sus decálogos, siempre pasajeros.


Me alegra, por tanto, constatar que la sociedad camina a un ritmo distinto al de los biempensantes; que los ciudadanos de este mundo tasado por los mandatos de las urnas confían más en el Cristo que pende de una cruz y en su madre, que en las pretendidas normas de la convivencia aséptica de los intelectuales de salón, que en vez de incensar a una Virgen o a un santo lo hacen a un libro de preceptos, con sus correspondientes delitos y sus consabidas penas.

Me alegra, sobre todo, la novedosa costumbre de que, después de procesionar, nos felicitemos la Pascua de Resurrección y no el regreso a la monotonía reglada por los ordenamientos.


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