11 abr. 2016

Como enunciado, “El teatro de la guerra” tiene gusto literario. Carlos Pujol, escritor total, lo usó a modo de título de una de sus últimas novelas. Pero no sólo la guerra es un teatro en el que los protagonistas de su barbarie (y de sus actos heroicos) juegan un papel bien definido, como el que ejercen los autores sobre las tablas de un escenario; la vida misma es un juego teatral, un ensayo que no conoce fin, en el que unos y otros escogemos una caracterización y un texto que interpretamos en nuestra actividad social y en la privada, desarrollo de la personalidad que vamos fraguando desde que vemos la luz en este continuo presente.

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Los últimos meses tienen el sabor de una obrilla de autor de segunda o de tercera fila, en la que el público, cansado del largo vodevil, ha comenzado a soltar abucheos y patalear el patio de butacas, mientras los actores buscan un refugio entre bambalinas donde rehacerse de la mala interpretación, más de cien días de voz impostada, de gestos exagerados –teatrales- con los que pretendían marear la perdiz. El pájaro, los pájaros, somos nosotros, espectadores y votantes, sufridos españolitos que participamos en unas elecciones en las que decidimos romper la seguridad institucional del bipartidismo para dar paso al populismo de la coleta chavista, al populismo del gesto circunspecto del partido naranja, cansados, con razón, del reparto de taifas y corruptelas entre el PSOE y el PP, cuarenta años de gestión de dádivas, la política convertida en religión, el voto cautivo, la bandería sofisticada de quien primero calienta asiento en un ayuntamiento de capital, después en el parlamento autonómico, más tarde en la Cámara Baja, después en el inicuo Senado para, guinda del pastel, culminar los años de servicio a las siglas en el Parlamento Europeo, viajes, dietas y un elegante pisito en la ciudad de Tintín, sin descontar los órganos de presidencia de las cámaras, los consejos de administración de las empresas públicas, participadas y privadas, los puestos consultivos en los organismos internacionales y la madre que parió a la burra.


«Teatro, decía el bolero», «lo tuyo es puro teatro».

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