14 abr. 2016

A partir de los doce años –o cuando quiera que los padres, los abuelos, los tíos u otro idiota les regale un móvil- los niños dejan de dormir. El sueño se les rompe como pompas de jabón cuando, al declinar el día, las horas que deberían dedicar al juego creativo, a la lectura, a la tertulia familiar se ve asaltado por una pantalla. No una pantalla comunitaria, esa del televisor a la que (lo cuentan las películas españolas en blanco y negro y hasta las tiras cómicas de Bruguera y del TBO) se sumaban parientes y vecinos, sino las pantallas individuales, agujeros abiertos a los círculos del infierno de Dante, tanto da que muestren a un muñeco animado que debe sobrevivir a cientos de pruebas o a un rapado que le suelta una patada a una chica que pasea por el parque mientras otro desgraciado graba la escena entre carcajadas. 

Los niños dejan de dormir porque tienen las manos imantadas al móvil. Lo quieren a todas horas (también las tabletas que no marcan números de teléfono), incluso cuando deberían dejarse acunar por Morfeo para disfrutar, como Little Nemo, de la aventura mutante y surrealista de la noche. ¡Pobres criaturas! No son capaces de imaginar la casita de chocolate de Hansel y Gretel, pero sus ojos presencian en soledad la inmundicia de los hombres, un vertedero de violencia y lujuria en el que todo se vende, se rifa, se subasta. Hasta el alma misma cabe en el rectángulo iluminado que atrapan codiciosos como quien tiene preso al mundo, dueños de un universo virtual para el que no es necesario la familia ni los amigos, los juegos ni Dios.

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No son los únicos que entregan las horas sacras de la madrugada a pelearse a golpe de botones, a asistir en primicia a la proyección en streaming de la nueva temporada de un serial televisivo o a enviar mensajes a las inicuas comunidades del wasap. También sus padres le hacen muescas a la noche con una pantalla delante de la inteligencia, haciendo del silencio y la oscuridad una boca del lobo en la que no hay testigos, poniendo toda la carne en el asador para no poder rendir al día siguiente, para acabar -¡el Cielo no lo quiera!- empotrados contra la mediana de la autopista con un teléfono entre los dedos.
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