16 may. 2016

Hablar inglés es una asignatura pendiente en España, si entendemos las cualidades de ese idioma como un pasaporte imprescindible para el éxito comercial en este mundo sin fronteras, porque conviene dejar claro que ni las academias de barrio, ni las clases de la ESO y el Bachillerato, ni siquiera los exámenes oficiales que -previo pago- decoran el historial laboral, buscan lectores para Oxford, locutores para la BBC ni voces que doblen con exquisitez a los actores de Downton Abbey que no puedan esconder su rabioso acento sindical. El inglés es una asignatura pendiente en nuestro país, como también lo es en Portugal, Italia, Francia, Alemania… Así que no nos flagelemos con complejos gratuitos, porque por ahora sólo se ha convertido en segunda lengua de los países del norte, cuyas nuevas generaciones mezclan sin apuros sus idiomas guturales con el hablar de las islas, cargado de eses y golpes en el cielo del paladar.

El arte de los idiomas sólo lo dominan unas pocas personas tocadas por el don de la memoria, la habilidad verbal y la soltura lingual para manejarse lo mismo en las lenguas muertas como en el abanico del habla que se masca en Japón, Rusia o la literaria Irlanda, aunque el rasgo definitivo que define a los políglotas sea la inquietud intelectual, que desprecia la jerga del mercado a favor de la belleza de la palabra y, sobre todo, del correcto uso del español.

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Nada produce tanta lástima como el maltrato al idioma de cuna por aquellos que ponen tanto denuedo en retener la lista de los verbos irregulares y el vocabulario fundamental según el diccionario Cambridge, que ronda las setecientas palabras. Setecientas parecen más que suficientes para canturrear los éxitos de Cadena 100, escribir emails, poner una conferencia a Los Angeles o salir de compras por Oxford Street. La lástima que nuestros jóvenes tengan esa misma cantidad para expresarse en español (la mayor parte de su tiempo hablan en su idioma materno, incluso si son tan virtuosos como para repetir de memoria las veintiséis canciones inicuas que han participado en Eurovisión). Lástima que su empeño lo hayan focalizado en el aprendizaje del verbo to be, no en la correcta utilización –y es sólo un ejemplo- de los determinantes posesivos en español.

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