23 jun. 2016

La pederastia se ha convertido en un maldito tropezón de la actualidad. No hay semana en la que no caigan, como frutas podridas, varias noticias acerca de la detención de depredadores de niños en cualquier lugar del mapa, lo que celebramos la gente de bien, que en este mundo paranoico somos mayoría aunque no lo parezca. Lo celebramos con estupor, claro, porque encoge las entrañas que existan quienes se sirven de la confianza o la autoridad para abusar de un pequeño, para quebrar su integridad, dignidad y equilibrio para los restos. No hay perdón humano y dudo –duele pensarlo- de que haya perdón de Dios, porque ¿cómo se resarcen estos crímenes que convierten la vida de las víctimas en un pozo en el que las falsas culpabilidades se alzan como fantasmas de légamo?

Quisiera saber por qué no hay autoridad que investigue qué está pasando para que la pederastia sea alimento que se traba un rato en la garganta pero que, a fuerza de repetición, indiferencia y olvido, termina por pasar. ¿Qué fue de los detenidos de hace dos, seis, quince meses…? Me refiero a los mirones que traficaban y consumían pornografía infantil, una lazada cada dos por tres, gente de toda condición y pretendido respeto, su vecino, mi vecino. Entran en las columnas laterales del periódico al mismo tiempo que salen de la comisaría a la espera de juicio. ¿Cuál fue su execrable recorrido para que acabaran enfangados en el peor de los vicios? ¿De qué modo descabezaron su conciencia? ¿Qué pasos dieron para terminar cuajados de lepra?...

Seguir leyendo en The Objective. 

Ojalá supiéramos, por voz repetida de algún psiquiatra, dónde está la causa de esta horrible multiplicación. Sé que hay perfiles patológicos, que en ningún caso excusan el delito, como sé que las patologías se alimentan del sustrato por donde se mueve el individuo. Y aunque tire piedras contra mi tejado, desde esta columna acuso por banalización a la mayoría de los medios digitales, que reclaman la atención de los lectores con flashes propios de una sex-shop.
Es el sexo convertido en espectáculo empalagoso, la población atrapada por el anzuelo de las gónadas que interesadamente se lanzan desde la prensa, la radio y la televisión. Sexo, sexo, sexo…, escondiendo el precio que se paga cuando el juego se transforma en obsesión, la obsesión en voracidad, la voracidad en crimen.
Puede que la pederastia, como tal, no tenga espacio en los entretenimientos que acabo de citar. Puede que los consumidores de pornografía adulta se indignen por mis palabras. Puede que la explosión de esta clase de barbarie no esté relacionada con la impudicia que todo lo tiñe. O puede que sí.
Que los que mandan den voz a los expertos.



Categories:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Subscribe to RSS Feed