4 jul. 2016

Durante los últimos días de junio y los primeros de julio, los aeropuertos de España son un hervidero de grupos de adolescentes cargados de mochilas, braquets y granos, con gesto de sentirse perdidos ante la aventura de marcharse, por primera vez, lejos del regazo de sus padres. La isla coronada del Brexit y la entrañable Irlanda son su destino. De hecho, quien alguna vez haya viajado a los islotes del fish & chips durante estas calendas, habrá encontrado, no sin cierto disgusto, que no hay aldea, pueblo o ciudad en la que no se eleven los gritos de nuestros jóvenes patrios, en ese habla desenfadada, incorrecta y pobre que confunden con el español.

Las islas de la patata y el guisante hacen caja a nuestra costa. También los Estados Unidos de Norteamérica, el Canadá anglófono y hasta Australia (para los bolsillos pudientes), y Malta, por extraño que parezca, en donde se enseña un inglés asequible a las economías de andar por casa. Lástima que en España –cuna de la lengua de las lenguas, la tercera más hablada de todo el planeta- no sepamos sacarle rédito al mismo invento, cuando el interés por el uso de la eñe no conoce fronteras. Lamentablemente, hasta el momento sólo ofrecemos paellas y gambas a la plancha, hoteles con encanto y pensiones para las borracheras mediterráneas del hooligan rubicundo, sol garantizado, arte por todas las esquinas y una moral decadente que al extranjero marrajo le abre las puertas a toda clase de excesos.

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El Instituto Cervantes es un magnífico invento que ha despertado la pasión por el Quijote en idiomas donde no hay traducción para “bacina”, “jamelgo” o “nobleza”, lo que me parece digno de estudio. Sin embargo, todavía no ha logrado que la economía española engorde un poquito gracias a los cursos de español en la Península. Academias, residencias y familias de acogida podrían ser un nuevo motor de alegrías. Y como sucede en los cursos de inglés que cursan nuestros mozos y mozas, también garantizaríamos que –por los 2.500 o 3.000 euros que paga cada padre- los inscritos apenas aprenderían nada. La Gran Vía, el barrio de Santa Cruz, la judería cordobesa o las bodegas de Jerez y El Puerto serían un guirigay de imberbes voceando sus idiomas de cuna, con los que haríamos, sin duda, el agosto.





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