29 ago. 2016

Dicen que después de una guerra civil, hay dos modos de ver la contienda: con los ojos de los vencedores y con los de los vencidos. Se olvidan de los ojos de las viudas, que tienen un modo particular de entender el conflicto, sin importar la bandera que defendiera el muerto. Se olvidan de los huérfanos, especialmente de aquellos a los que, por edad temprana, no les queda un solo recuerdo del caído. Se olvidan de las madres y de los padres a quienes les llegó una amarga noticia. Se olvidan de los ojos de los civiles víctimas de fuegos cruzados, los bombardeos y el odio venenoso entre compatriotas.

Hay tantas maneras de entender una guerra civil como muertos en las estadísticas, sombras anheladas allí donde debería de haber continuado la vida. Tantas como supervivientes que cargan para los retos el plomo, sufrido o practicado. Como descendientes a los que la guerra se les narro desde el puesto que ocuparon sus mayores.

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Han pasado ochenta años desde el inicio de nuestra pelea de vecindad, que dejó las trincheras sembradas de muertos. Ochenta que no son nada en el curso de la Historia y que a la vez son tanto, porque la vida dura un suspiro. Ochenta años en los que las familias quedaron marcadas por el bando al que quedó adscrito su pueblo, ciudad o provincia. Ochenta años de rojos y nacionales. De perseguidos y perseguidores. De mártires y matarifes. De victoria y exilio. De hambre y estabilidad. De seguridad y cárcel. De vivas y arribas Españas e himno a la bandera tricolor. De Franco ha muerto y ser el Rey de todos los Españoles. Del regreso de viejos políticos que traían cosido el frío de los fusilados y de nuevos políticos amamantados por mandos con la pechera cargada de medallas.


Ochenta años para perdonar y olvidar los agravios y traiciones, para construir una paz, fraterna y duradera. Hasta que llegó el de la Ley de memoria histórica, para abrir las fosas y entronizar calaveras, Zapatero decidido a reescribir un imposible. Después, ya lo sabemos, los indignados, Podemos, un <<no pasarán>> en la era de la informática y ese escupir venablos por internet, que son las balas del siglo XXI.

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