2 sept. 2016

Los estudiosos de la historia de la Iglesia suelen vincular a los grandes Papas con algunos de sus textos, esos que no sólo han creado admiración por la oportunidad de su doctrina –convendría hacer un repaso de la luz con la que los Santos Padres del siglo XIX, XX y XXI desenmascararon las pérfidas ideologías que la sociedad abrazó como elementos salvadores, causa de tantísimas injusticias-, sino porque el tiempo los ha convertido en un canto profético de las necesidades de nuestra civilización. León XIII, san Pío X, Benedicto XV, Pío XII, san Juan XXIII, el beato Pablo VI, San Juan Pablo II y Benedicto XVI son fácilmente vinculables a algún texto -en cada una de sus categorías magisteriales- con el que han dejado plasmada la urgente necesidad de volver a Dios así como el modo de conseguirlo, en las más variadas situaciones: desde el ámbito laboral (decididamente planteado en la Doctrina Social con la que la Iglesia demuestra la dignidad del trabajador y del empresario, así como las situaciones en las que esa relación se convierte en cadena esclavizadora), al código legal que regula la modernidad a ojos de la Esposa de Cristo; de la denuncia de los regímenes totalitarios a las propuestas de una paz global tan urgente como necesaria; del cuidado de la familia y el respeto a la generación de la vida, a la catequesis sobre el sentido divino de la sexualidad, la redacción de un Catecismo de una profundidad sinigual o a la compatibilidad entre fe y razón; del esplendor de la Verdad frente a la destrucción del relativismo moral, al rejuvenecimiento de la Caridad como imagen fiel de Dios.

Francisco, como cada uno de los Papas anteriores, despierta controversias. Hay muchos que creen ver en él una ruptura, como si la Iglesia necesitara y pudiera reinventarse de pronto, como si el poso de veinte siglos –cargados de aciertos y errores; confiados siempre al Espíritu Santo- no hubiese servido para nada, como si su Cátedra viniera a ser el final de su frustración. Otros opinan que cada día que pasa se hace más grande, más honda, la destrucción de la ortodoxia, quizás porque se quedan con la pompa –que no con la liturgia- antes que con la opción preferencial por los pobres y los extraviados, que fue el santo y seña con el que Jesús tituló sus tres años de vida pública.

Unos y otros obvian la carga documental de este pontificado, o la leen  con ojos partidistas, para sacar de sus páginas la confirmación de sus filias y fobias. Aunque sospecho que, sin haberlas leído, funden su juicio en las declaraciones que el Papa realiza en sus viajes apostólicos o en sus entrevistas, que no dejan de tener un carácter privado de improvisación, en el que tantas veces se impone el Bergoglio al que en ocasiones su lengua gana en velocidad a su reflexión, que está perfectamente expuesta en las encíclicas, exhortaciones, cartas, catequesis, homilías y discursos con los que va jalonando el papado.


Paladeo, desde hace semanas, las páginas de “Amoris laetitia” (en español “La alegría del amor”), que los recién citados resumen en las contadas líneas que Francisco dedica a los divorciados vueltos a casar, en las que a la misericordia de la Iglesia y a las funciones que pueden desempeñar estas personas, nada añade el Papa que pueda suscitar extrañas esperanzas y aún más extrañas denuncias. La exhortación debería ser texto obligado para los matrimonios católicos del mundo. Y para los novios que desean unirse al amparo de la Iglesia. El Papa hace una lectura completa y muy didáctica del sentido común con el que la vida familiar se convierte en felicidad familiar. Es cosa de dos, hombre y mujer que descubren que sus nombres están escritos a un mismo tiempo y en un mismo lugar por la mano sapientísima de Dios, que como el mejor padre conoce el camino que conduce a la dicha. Este sentido común que aplica el Papa también ofrece los remedios que sanan a las instituciones públicas que no saben cómo resolver los anhelos de una sociedad insatisfecha, después del daño que causan tantas decisiones que buscan –de manera directa o colateral- destruir a los matrimonios y, por ende, a los hijos. Este sentido común que Francisco ha rubricado, es ya el principal legado que deja a la gente de buena fe de su tiempo, uno de los motivos por los que será recordado con agradecimiento por la generación actual y las venideras.

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