1 ago. 2016

Se habla de los “Papa-boys” como de una suerte de adolescentes enajenados, prestos al grito histérico al paso del hombre de blanco, chavales de hucha del Domund con cierto aire de niños de papá que visten ropa cara -al estilo del Pequeño Nicolás-, muchachos imberbes, muchachas atolondradas, todos ellos admiradores de Sor Citroën, que con tal de viajar barato capaces son de cruzar Europa en autobús para seguir al Francisco como de comprar un billete de interrail para ir detrás de un vendedor de humo, si es que el Pontífice no es el vendedor del más atolondrado de los humos.

Es una visión simpaticona de los cientos de miles –millones, tal vez- de chicos y chicas que, en esta ocasión, han llegado a Polonia, nación del Papa santo que tuvo la ocurrencia de estos encuentros mundiales de muchachos repletos de granos. Tan simpaticona como mentirosa, aunque aceptemos que entre semejante masa humana cabe, incluso, algún fan de Gracita Morales al volante del coche francés.

Comprendo que no es fácil aceptar que no hay un solo corte de joven, que no todos se mueven por los intereses mundanos de una vida hedonista, aunque no dejen de ser destinatarios de toda una maquinaria invasora de productos que invitan a ese hedonismo sin fondo, porque los que viajan a las Jornadas Mundiales de la Juventud no surgen, como por sorpresa, de una madriguera que conecta con un mundo irreal sino que son parte de esa juventud sometida al imperio del capricho y la decepción.

Comprendo que tampoco es fácil de medir el efecto de las sucesivas JMJ en la juventud mundial. En primer lugar porque los participantes en aquel primer encuentro de Buenos Aires, pintan sus primeras canas. En segundo, porque lo propio de los cristianos, una vez acaba el festival, es volver a sus lugares de origen para esparcirse, como levadura, en la masa del mundo. A fin de cuentas, ¿qué son un millón, dos, de chavales entre la población del mundo?  En tercero porque los frutos del Espíritu no tienen medición y eclosionan cuando Dios quiere, aunque mi experiencia me dice que, sólo en España, el seguimiento de los jóvenes al Papa a lo largo de los últimos veintinueve años tiene mucho que ver con una Iglesia que no se desinfla, a pesar de los pesares.


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