14 sept. 2016

En España comenzamos un nuevo curso, que no lo marca el ritmo natural del año sino el inicio de los colegios y la universidad. A finales del mes de agosto, en el momento más dulce de las vacaciones estivales, los anuncios publicitarios nos recuerdan el regreso de los niños a las aulas, en un doloroso reclamo para la compra de zapatos resistentes a sus juegos, material escolar, uniformes (llegado el caso) y ropa adecuada para el otoño y el invierno, cuando las marcas nos atacarán de nuevo con todo un surtido de elementos para que nuestros hijos encaren la primavera y los inicios del verano con la prestancia del buen estudiante, merecedor de un feliz descanso.

El inicio del curso despierta en los pequeños una auténtica zozobra, que confirma mi teoría: no hemos nacido para la rutina urbana en la que los días parecen todos iguales y la naturaleza brilla por su ausencia (por ejemplo, ayer por la noche caí en la cuenta de que el hombre contemporáneo vive completamente ajeno a los ciclos lunares, algo impensable en siglos pasados), sino para el ocio feliz en familia y entre amigos, allí donde se respira un aire limpio y los sentidos se gozan en la contemplación de paisajes inabarcables en los que el color –el color de las cosas vivas- tiene matices incompatibles con el cemento y el asfalto.

A mí también el comienzo de las obligaciones laborales se me antoja un grillete que apresa mis tobillos. Exagero, lo sé, pero los artistas tenemos el prurito de sostener la literatura –es mi caso- en la distorsión de los elementos.

No sé me hace fácil volver a las mañanas frente a la computadora, aceptar el silencio de la casa mientras mi esposa acude a la oficina y mis hijos a la escuela, por más que sepa que hay penurias que no necesitan el tamiz de la subjetividad para ser auténticas e insoportables, que mucho peor que las horas ante el cursor de la pantalla desovillando artículos e historias, es el teléfono mudo de quien no tiene trabajo. Es más, me siento obligado a reescribir la frase anterior: las horas ante el cursor, componiendo líneas como el músico que traza notas en el pentagrama son una bendición del Cielo, una razón más para levantarme a primera hora cargado de ilusión y agradecimiento. Tal vez este sea mi pecado –perdón por esta confesión pública-, que agradezco pocas veces los dones que se renuevan cada veinticuatro horas: la vida, la familia, los amigos, el trabajo y un sinnúmero de aficiones que sustituyen, de alguna manera, la contemplación dichosa de esos paisajes del verano.

Muchos nos dejamos llevar por esa corriente derrotista que considera el trabajo como un castigo, cuando es la manifestación más clara de que el hombre enseñorea la tierra. Quiero decir que ni usted ni yo nos despertamos para pacer o sestear, como tantos animales, mucho menos para cumplir un ciclo vital sellado en nuestros instintos. La creatividad es la impronta del ser humano, que cada jornada encuentra numerosas ocasiones de poner en práctica.

Al hablar de creatividad, no me refiero a un rasgo exclusivo de los artistas a los que hacía mención. Todo aquel que se enfrenta a una tarea (remunerada o gratuita), crea aunque no se dé cuenta. Podríamos utilizar un verbo de más fácil comprensión: todo aquel que se enfrenta a una tarea, transforma, y con ese juego de la transformación que es el trabajo puede conseguir que el mundo sea una casa común más acogedora.

El funcionario público que sella documentos, también transforma. Sus gestos aparentemente mecánicos y desapasionados responden, muchas veces, a la ilusión de quien desea emprender una iniciativa o a la resolución de una angustia. Lo mismo el jardinero, que en sus labores tantas veces invisibles para los demás garantiza ese pedacito de naturaleza con la que nos reconciliamos entre los atascos y el humo. ¿Qué decir del médico y del juez? ¿Y del empresario?... Hasta del obrero de una cadena de montaje se puede aguardar algo extraordinario, que no es otra cosa sino su trabajo bien realizado aunque no le acompañen las ganas o esté obligado a fichar durante el turno nocturno. Gracias a su repetido girar de llave con el que asegura una pieza, siempre la misma pieza, es posible que la humanidad se sepa más segura. Y si a ese movimiento une el deseo de santificarlo (San Josemaría Escrivá ha desarrollado una completa teología acerca de la santificación de las labores grises y luminosas, que aconsejo descubrir), su trabajo cobra parecido relieve al de aquel taller de Nazaret en el que dio comienzo la feliz Historia.  




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