7 sept. 2016

Tengo sobre la mesa de mi escritorio una colección de fotografías, en las que aparecen algunas de las mujeres más importantes que pasan y han pasado por mi vida. Me han llegado como parte de una herencia humilde: estaban en las páginas de los álbumes de fotos de mi tía Paloma -que sufrió un retraso mental a causa de una enfermedad repentina en los primeros años de su infancia-, quien no perdía puntada al conservar imágenes de las personas a las que quería, entre las que ocupé -¡qué dulce presunción, ser merecedor del cariño de quienes no tienen veladuras!- un lugar muy especial.

En estas cartulinas que congelan gestos y miradas, reconozco un sinfín de cosas buenas. Cada retratada ha contribuido a cincelar algunos de los rasgos más importantes de mi carácter, a pesar del sentimiento agridulce de asomarme, sin haberlo previsto, a lugares y momentos tan añorados.  En ellas está resumida mi condición de hijo, nieto, sobrino, esposo y padre (estas dos últimas circunstancias, gracias al Cielo, se mantienen), que son como gradaciones que podría coser a las mangas de mi chaqueta, con el mismo indisimulable orgullo con el que los soldados enseñorean los méritos en sus guerreras.

Es fácil reconocer que el mérito, en este caso, no es mío. Aun así me lo apodero, para lucirlo con las mismas ínfulas con las que podría vestir uniforme, en el caso de que me hubiese dado por ser militar. Está más que dicho que uno no pide permiso para venir al mundo, pues son otros los que lo engendran y lanzan a la vida sin preguntarle por las ganas que tiene de abandonar la nada, para cargarse a las espaldas los compromisos que exige respirar. Por ese motivo, estos galones llevan el nombre de mis padres, que se amaron para generarme, para criarme y educarme como hombre de bien, a pesar de sus razonables limitaciones. Cuántas veces he reconocido que el amor por los míos –por todos aquellos que me precedieron- se ha solidificado con la fuerza del acero desde que, ya mayor, conocí sus errores. <<Fueron como yo>>, pensé, satisfecho a poder renunciar al imposible papel del esposo y padre perfecto.

Con frecuencia me asalta el dolor de la ausencia: mi padre que no está para darme un consejo. Mi madre que no está para compartir con ella una confidencia. Mis hijos que no han contado con sus abuelos paternos para aprender desde la dulzura, fortuna que yo sí tuve. Y aunque los años que pasé junto a todos ellos se me antojan brevísimos, reconozco tantas lecciones aprendidas que no sabría por dónde empezar a enumerarlas. Mi madre, por poner un ejemplo, me enseñó a cuidar y querer a los familiares mayores. No en vano, cuando ella –recién casada- se trasladó de Bilbao a Madrid, se encontró con buena parte de su familia materna, a la que apenas conocía. Mi abuela debió de conminarle a que visitara con cierta frecuencia a sus tíos y primos, encargo que cumplió con ganas y sin ellas, de forma constante y puntual, lo que me dio  a entender que hay vínculos –el de la sangre- que tienen una pátina sagrada, en los que no es tan importante la querencia hacia aquellos parientes que resultan afables y entretenidos, porque también a los otros –esos que logran hacer de cada visita un sacrificio- nos unen  los mismos lazos, que están muy por encima de los sentimientos.

Nunca descubrí en mi madre un anhelo torticero al realizar aquellas visitas. Ya me entienden: ese interesarse tardío con el que algunos buscan ganarse algún favor de última hora, rubricado en un añadido ológrafo al testamento (la joya tan soñada, el cuadro que promete una alta puja, las pieles, los coches, las participaciones, la parcela junto al mar…). Por el contrario, no fueron pocas la ocasiones que llegó a casa con el desaire de una vieja tía, el desplante de un primo segundo… o tirando del brazo de esa misma mujer de difícil carácter a la que apenas nadie iba a visitar, para que desgranara sus malos humores en nuestra casa, que a la fuerza resultaba más ruidosa y alegre que la suya.

Siento la melancolía de estas líneas, culpa de las fotografías, digo yo, que son pedazos de existencia en papel Kodak; muestras a todo color del resumen del tiempo, que pasa como una centella; sonrisas, casi siempre sonrisas, porque los momentos amables son los únicos que merecen ser coleccionados en un álbum, colocados en una librería o colgados de la pared. Miro esos gestos que ríen al objetivo, memoria de las mujeres que tanto bien me han hecho apenas sin darse cuenta. Tiraron de mí sin esperar que rompiera en aplausos, ni que me pusiera a escribirles estas líneas, tan generosas como las mujeres que ahora acompañan mi vida.








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