17 oct. 2016

Un <<Olé>> me salió de dentro al escuchar el brindis de Cayetano Rivera en la plaza de toros de Zaragoza. Vestido de fresa y azabache, con la mirada rabiosa de quien se siente injustamente apaleado, entregó su montera a la televisión, que es una manera de dejarla sobre la repisa del televisor de todos los hogares. Con la mandíbula tensa y el corazón prieto, habló al micrófono dirigiéndose a todo el país, adormecido ante el baile hipnótico de las víboras que desean la muerte de un niño enfermo porque en sus sueños infantiles desea ser torero, porque los toreros y los ganaderos han tenido el gesto de regalarle una tarde cuya recaudación viaja a los laboratorios donde se investiga la lucha contra el cáncer infantil. Son las mismas víboras que se escondieron tras las pantallas para revolcarse en la muerte de Victor Barrio, un torerillo humilde del que creían que no tendría palmeros para defenderle. Y en su viuda, pues la serpiente busca siempre los talones que parecen débiles para inocular su veneno. Creían que una mujer sumida en el desgarro no tendría agallas para revolverse, pero se revolvió, indeseables, ¡vaya si se revolvió! Como se ha revuelto Cayetano, como lo ha hecho el padre de Adrián, al que la enfermedad del pequeño no le ha atrincherado en la sala de espera de un hospital, como nos revolvemos tantos aficionados y no aficionados, personas de bien que detestamos a estas bichas que se disfrazan de vendedores de libertad y tolerancia, de maestrillos en virtudes civiles, canallas que pretenden delinear el mundo con la regla y el cartabón de sus verdades aprendidas, como otrora hicieron en todos los infiernos del pensamiento único.



En las víboras que caminan sobre los pies y esconden en el pecho un carbón, poco importa la razón de su discurso, siempre violento. Ahora su excusa es la pretendida defensa de los animales. Unos animales de peluche, por cierto, mascotas de apartamento, perritos con jersey y gatitos a los que se deja la herencia después de castrarlos, una distorsión de la Naturaleza que, sin embargo, desde su tribuna aplican lo mismo a un león que a una ballena. Por eso los toros son, para ellos, humanoides dignos de derechos y libertades. Claro, jamás han visitado una dehesa ni han contemplado la difícil crianza de este bóvido único en el mundo, para el que los hombres hemos encontrado un destino que le salva de su completa desaparición, un ecosistema riquísimo en biodiversidad, un cuidado en su manejo que para sí quisieran los cerdos, por ejemplo, que terminan convertidos en la mortadela con la que los ofidios se preparan el bocadillo.

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