23 oct. 2016

Seis años, seis –como en los viejos carteles de las corridas domingueras-, ha tardado nuestro Tribunal Constitucional en sentenciar que  el parlamento catalán no tiene competencias para prohibir la Fiesta Nacional (la titulo como se ha titulado siempre, pues los toros son una fiesta del pueblo, de nuestro pueblo, que por si fuera poco, hemos transmitido a Portugal, Francia, México, Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador…). La resolución, sin dejar de ser correcta, me sabe a poco, pues no hace mención a las razones chovinistas de dicha prohibición, ni al valor de nuestro patrimonio artístico y cultural, ni al perjuicio causado a los propietarios de los cosos catalanes, a los aficionados, a los toreros, ganaderos, a todos aquellos que durante siglos se han beneficiado de la riqueza colateral de la tauromaquia y hasta a los tour-operadores que llenaban algún tendido de la Monumental con sus grupos de japoneses despistados. Pura cobardía, la misma que les ha llevado a demorar la sentencia durante estos años que, ante lo evidente, se me antojan más largos que los lomos de seis Miuras.

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Como era de esperar, las autoridades catalanas –de la Generalidad y del ayuntamiento de Barcelona, donde se encuentra la única plaza en la que todavía se celebraban espectáculos taurinos- han reaccionado con la pataleta del niño de dos años que se moja los pantalones. Ante los micrófonos y las cámaras han dejado claro que se pasan la sentencia del Constitucional por el arco de su derrota, pues no van a permitir que se anuncie la primera corrida. Vamos, que si es necesario se sacarán del magín toda clase de motivos secundarios, amenaza en toda regla propia no de quien detenta el poder público en una democracia madura sino de matón barriobajero. Esta amenaza, por supuesto, no ha encontrado réplica de ninguno de los miembros de tan rimbombante Tribunal, mucho menos de quienes cumplen el encargo de velar por el bien y los intereses de todos los españoles.

No voy a descubrir a estas alturas todo lo que Francia hace para proteger y fomentar nuestra Fiesta Nacional, a la que dan el valor de una manifestación artística de primer nivel, cuando se trata de un espectáculo que solo se celebra en algunas ciudades del Sur de su geografía. Las autoridades galas no permiten que se mezclen los toros con la política, mucho menos con la despreciable política del nacionalismo huero. Por eso, estoy seguro, nos observan con el gesto de quien no puede creerse semejante contradiós. 


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