23 dic. 2016

Los medios de comunicación de medio planeta dieron a conocer, hace unas semanas, el fallecimiento del obispo Javier Echevarría, segundo sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer al frente del Opus Dei. La vorágine hace que los acontecimientos pasen tan deprisa que apenas nos queda tiempo para separar lo importante de lo trivial. Las noticias que debería llevarse el viento de cada día, se enquistan para distraernos ante lo que merece la pena conservarse para rescatarlo a cada poco, con el propósito de profundizarlo. Y la figura y el mensaje de Javier Echevarría, sin duda, lo merecen.

Muchos le llamábamos «Padre». Pero no con el respetuoso apelativo que reciben otros sacerdotes a causa del don de su ministerio, sino con la seguridad de que nos unían a él lazos sobrenaturales de familia, aspecto fundamental en el diseño del Opus Dei, que para sus miembros no es una institución eclesial (que lo es), incluso una prelatura personal (que por supuesto lo es), figura canónica con la que la Obra encontró su reconocimiento jurídico definitivo en la Iglesia, sino una familia con vínculos tan o más fuertes que los sanguíneos, pues nos une una vocación común, la misma para todos, sin rangos ni excepcionalidades, de tal forma que nuestros intercesores en el Cielo (san Josemaría y el beato Álvaro del Portillo) no son para nosotros “santos al uso” sino padres a quienes nos dirigimos con conciencia de hijos confiados, torpones y necesitados, hijos que tienen la suerte de tener en el prelado (durante veintidós años lo ha sido Javier Echevarría) a un padre en la tierra que también se encuentra en camino, que ama sin condiciones, que abraza, que acompaña, que anima, con el que uno puede tener confidencias, reír y llorar…, elementos naturales de cualquier relación paterno-filial sana.

Desde el mismo momento de su elección, tras el tránsito al Cielo del beato don Álvaro, Javier Echevarría se nos reveló como un hombre que sólo sabía querer. No tengo duda de que esta capacidad de amar la apreciaron todos aquellos que comenzaron a tratarle. Y en ese cariño que regalaba a espuertas jugaba un papel primordial la fidelidad. Por eso vivía constantemente pendiente del Papa, recordándonos por activa y por pasiva que la razón de ser del Opus Dei no es otra que el servicio completo y desinteresado a la Iglesia, lo que obliga a la escucha atenta y activa de los requerimientos del Santo Padre. De hecho, la catequesis del prelado en sus incontables viajes por el mundo, así como los documentos (cartas, notas, sugerencias…) que con tanta frecuencia hacía llegar a sus hijos del Opus Dei, hacían referencias constantes a las palabras leídas y escritas del Papa, buscando una sintonía completa —¡todos a una!— entre sus intenciones y las de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

Como hijo de don Javier me gustaba ponerle de cuando en cuando unas letras para contarle cómo me iban las cosas, para narrarle anécdotas simpáticas de mi familia, para enviarle fotografías de mis hijos, para compartir con él las alegrías y tristezas que pasaban por mi hogar. Lo sorprendente no era que yo le escribiese —lo hacía de tan buena gana...— sino que él me respondiera. Para quienes son dados a las cifras, les interesará saber que somos casi cien mil los miembros del Opus Dei repartidos por todos los continentes, números que, como tales, poco nos importan ni nos vanaglorian (Dios sólo sabe contar hasta uno), pero que en este caso son ilustrativos: estoy convencido de que no eran las mías, ni mucho menos, las únicas cartas que llegaban a la mesa de su despacho romano. Es más,  entre el numerosísimo correo diario tendría misivas de calado, de gran importancia, muchas de ellas enviadas por gente que lucha por vivir con heroicidad el cristianismo en países donde la fe parece un fenómeno anecdótico. Y, sin embargo, me emociono ahora al repasar sus líneas, la confianza con la que me trataba, la exigencia dulce con la que pretendía que viese el mar sin orillas que es el mundo para un hijo de Dios que hace garabatos en su afán de apóstol.

Tengo la conciencia de haber conocido a un santo que, como vimos en Juan Pablo II, no ha puesto reparos a la hora de exprimir su servicio enamorado hasta la última gota. Guadalupano —de san Josemaría abrazó el deseo de morir recibiendo, como Juan Diego, una rosa de manos de María— ha fallecido en la fiesta de la Emperatriz de América. Y junto a la Virgen ha llegado al Cielo para recibir la corona de la fidelidad. Son palabras de hijo, seguridades de hijo.






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