14 dic. 2016

Pasear se ha convertido en una actividad de alto riesgo. No lo digo por los robos que pueda sufrir el caminante —lo del tirón, acompañado del grito «¡A por el ladrón, que se lleva mi bolso!», parece haber pasado a tiempos mejores—, sino por el embate continuado, una manifestación en toda regla, de quienes salen a la calle decididos a correr con el corazón, el alma y todas sus potencias concentradas en cada zancada, ciegos ante el paisaje y, sobre todo, ante el paisanaje, los viandantes a los que ni nos va ni nos viene esta epidemia deportiva.

Quienes salen a caminar con la mejor de sus intenciones, quienes necesitan estirar las piernas, los que tienen previsto ofrecer a su perro unos momentos de regocijo, aquellos que precisan hacer un recado,  los que al bajarse del taxi consultan la hora porque llegan tarde a una reunión de trabajo, las madres que muestran a sus bebés la belleza de una mañana o de un atardecer, incluso los enamorados a los que se les despierta un hormigueo ante la emoción de encontrarse con su chica en el cruce de dos calles… sufren el riesgo, cierto, actual y más que posible, de recibir un golpe, un empujón, un pescozón, un tropiezo… con uno o más de los componentes de la legión de “runners” que han hecho de las carreteras, caminos, calzadas, aceras, parques, rotondas, jardines, puentes, subterráneos, bulevares, escaleras, pasadizos y demás localizaciones urbanas, lugares de uso exclusivo para sus plusmarcas personales. Son ellos y sus atavíos (¡qué caro se ha puesto echarse una carrerita, señores, desde que correr se considera “tendencia”!) lo único que les importa. A los paseantes los interpretan como estorbos, y se enfadan si disfrutamos en familia de los cambios de la Naturaleza a través de las estaciones.

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Una anciana que hace de tripas corazón para erguirse en una plazoleta sobre los agarraderos del tacatá, insegura ante la fragilidad de su cadera recién operada, es un obstáculo para el “runner” del barrio. «¡Quítese de ahí, señora!... ¿Es que no ve que puedo tirarla al suelo?». Un niño que echa sus primeros gateos y que, de pronto, se escapa de la vigilancia de su madre, es para ellos tan peligroso como un perro que se lanza a morder sus tobillos andarines embutidos en zapatillas de marca. «¡Habría que denunciarles!», brama el deportista como un energúmeno sudoroso mientras se ve obligado a resetear el medidor digital que lleva adherido al antebrazo, que registra la distancia, la velocidad media, la duración de sus flatos, la densidad de la saliva y hasta la coloración encendida de su piel a medida que va sumando kilómetros.

No pido que no se haga deporte. Sólo faltaría. Y me da lo mismo si ese deporte consiste en saltar a la comba, echar un partido de tenis o recorrer la ciudad de parte a parte al ritmo del un-dos-tres. En ninguna de estas situaciones me van a encontrar, porque el deporte y yo nunca nos hemos entendido, lo que no obsta para que me sienta sano, flexible y feliz, sin que me duelan músculos, meniscos ni articulaciones. Pero estoy dispuesto a encender los colores a aquellos que hacen de su afición un pesar para el resto.

Don Ramón María del Valle-Inclán se sentaría hoy en cualquier banco de cualquier ciudad para deleitarse con el esperpento de esta carrera a ninguna parte. En lo que tarda la aguja del minutero en dar una vuelta completa a la esfera de su elegante reloj de bolsillo, ante sus barbas y sus gafas redondas de carey habrán pasado en gesto de suplicio lo más representativo de la humanidad urbana. Hombres y mujeres que salen de casa cargados de trebejos (cintas para el pelo, auriculares, gafas de sol aerodinámicas, luces avisadoras en cabeza, brazos, espalda o pantorrillas, ventosas para el ritmo cardiaco, el ya nombrado dispositivo que todo lo mide, sobrecito de glucosa, gorra, camiseta de color naranja fluorescente, camisa bajera de licra negra, horrible pantalón de licra también oscura —cabe la variedad en amarillo fluorescente— y zapatillas de suela con almohadillas de agua, que en algunos casos prenden los talones en chispazos azules, rojos y verdes, como las bombillitas de un belén).


Ha llegado la hora en la que los paseantes empecemos a defendernos de esta lluvia de correcaminos. No es agradable salir a andar y sentir en la nunca la agónica respiración de un desconocido. Tampoco lo es recibir junto al zapato el escupitajo de quien necesita limpiarse la boca de la sobreproducción de baba. Ni que te driblen como si fueras un pelele ni, mucho menos, que te echen en cara que ejerzas el derecho a tomar el aire.
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