28 may. 2017

Menudo sambenito el de Roger Moore a partir de que el esmoquin no le atara. James Bond no puede envejecer, se lo advirtió en un arrebato de celos la señorita Moneypenny, eterna enamorada (no importa quién interpretara al agente secreto ni quién diera vida a la secretaria), de parte de Ian Fleming, que a pesar de compartir apellido con el famoso médico al que tanto deben los toreros, ha pasado a la historia por haber escrito las noveluchas del eterno seductor del M16, al servicio de Su Majestad.

Sin 007, Moore, que era un limitadísimo actor, perdió su sombra. La ausencia de su personaje del celuloide –machista hasta las trancas-, le persiguió como un fantasma hasta el final de sus días, como el espíritu de Tarzán le impidió a Jonny Weissmüller saber a ciencia cierta quién era.

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Difícil papel el de aquellos que quedan marcados por un breve periodo de éxito. Que se lo digan a Marisol: con setenta años le asedian sus fans en pleno paseo marítimo, para que se arranque a cantar “Corre, corre caballito”, cima de su carrera. Recuerdo un concierto gratuito de Sergio Dalma, en el que el público le recibió coreando «¡Que cante “Bailar pegados”! ¡Que cante “Bailar pegados”!». El artista catalán se defendió: «Como os la interprete ahora, sé que os marcharéis». Así que a la plebe no le quedó más remedio que acompañarle durante hora y media de temas desconocidos, antes de disfrutar como remate el famoso éxito del dial.


Es cierto que sin 007, Roger Moore hubiese sido para los restos “El Santo”, una serie en blanco y negro de la que ya no quedan supervivientes. Y que sin “El Santo” se habría tenido que contentar con hacer anuncios de colonia. Lo que tuvo –lo bueno y lo malo- se lo debió a Bond, James Bond.

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