Menudo sambenito el de Roger Moore a partir de que el esmoquin no le atara.
James Bond no puede envejecer, se lo advirtió en un arrebato de celos la
señorita Moneypenny, eterna enamorada (no importa quién interpretara al agente
secreto ni quién diera vida a la secretaria), de parte de Ian Fleming, que a
pesar de compartir apellido con el famoso médico al que tanto deben los
toreros, ha pasado a la historia por haber escrito las noveluchas del eterno
seductor del M16, al servicio de Su Majestad.
Sin 007, Moore, que era un limitadísimo actor, perdió su sombra. La
ausencia de su personaje del celuloide –machista hasta las trancas-, le
persiguió como un fantasma hasta el final de sus días, como el espíritu de
Tarzán le impidió a Jonny Weissmüller saber a ciencia cierta quién era.
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Difícil papel el de aquellos que quedan marcados por un breve periodo de éxito.
Que se lo digan a Marisol: con setenta años le asedian sus fans en pleno paseo
marítimo, para que se arranque a cantar “Corre, corre caballito”, cima de su
carrera. Recuerdo un concierto gratuito de Sergio Dalma, en el que el público
le recibió coreando «¡Que cante “Bailar pegados”! ¡Que cante “Bailar
pegados”!». El artista catalán se defendió: «Como os la
interprete ahora, sé que os marcharéis». Así que a la plebe no le quedó
más remedio que acompañarle durante hora y media de temas desconocidos, antes
de disfrutar como remate el famoso éxito del dial.
Es cierto que sin 007, Roger Moore hubiese sido para los restos “El Santo”,
una serie en blanco y negro de la que ya no quedan supervivientes. Y que sin
“El Santo” se habría tenido que contentar con hacer anuncios de colonia. Lo que
tuvo –lo bueno y lo malo- se lo debió a Bond, James Bond.

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