24 may. 2017

«¡Manos arriba, esto es un atraco!...» es la amenaza del ladrón cabal, aquel que tiene en buen concepto el nombre de su oficio legendario que, en el curso de la Historia, le une a los bandoleros de Sierra Morena, a Tempranillo y sus huestes (ahí es nada) o a los forajidos del Far West, que entre los malos eran malos, malísimos. «¡Manos arriba, esto es un atraco!...» es la consigna que cantan las hinchadas cuando juzgan que un árbitro está favoreciendo con el silbato y las tarjetas de colores al equipo contrario. «¡Manos arriba, esto es un atraco!» es la salmodia de los aficionados del 7, llegada la Feria de San Isidro, a la que unen la pañolada verde para exigir la devolución de un morlaco y otro, hasta que se queden vacíos los infinitos chiqueros de Las Ventas.

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Al menos, a quien emplea frase tan elocuente no puede echársele en cara el adjetivo de traidor, porque avisa, vaya si avisa, de cuáles son sus intenciones. Sólo a los insensatos se les ocurre bajar los brazos si el delincuente le sorprende en la fila de la caja del banco. Por eso esta larguísima época de chorizos habituales vestidos de sastre y corbata de nudo grueso; ladrones de mano larga, chusca y chantajista; cuatreros que escriben y aprueban las leyes que van a saltarse gracias al amparo de sus puestos públicos; sinvergüenzas que le sacan la hijuela al ciudadano en impuestos de los que se quedan con un mordisco generoso; malnacidos que otorgan concursos y licitaciones a cambio de un sobre bien preñado; miserables que trabajan en la oscuridad de la amenaza mientras sonríen en los carteles electorales; sabandijas con mesa habitual en restaurantes Michelin, vacaciones pagadas, primera clase en los aviones y hoteles de lujo… se me antoja ayuna de clase entre quienes viven engolfados a costa de la buena fe de la gente honrada.




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