Una niña de trece años apuñala a un compañero de catorce, y la noticia es
que la han expulsado del instituto, lo que me hace pensar que si la agresión
hubiese tenido lugar en otro escenario, seguiría formando parte del listado de
alumnos de su clase. Una vez más los programas de televisión han tenido carne
picada para llenar sus horas de nadería, la radio una noticia que, bien
estirada, ha dado la oportunidad a que los contertulios inflen el pecho desde
ese podio que les canoniza como padres de la sabiduría. Pero la niña, a la que
parece no quedarle rastro de infancia, pronto se le pasará el pellizco de
gloria de su desequilibrio, sin que apenas nadie se haya detenido a buscar los
porqués de esta perversa huida de la niñez hacia los comportamientos de los
adultos depravados.
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Correo de Andalucía
Ahora que por fin se empieza a hablar del invierno demográfico que nos
aguarda a la vuelta de la esquina, que convertirá España en un penoso desierto,
deberíamos hablar también acerca del escándalo perpetuo en el que crecen muchos
niños, a quienes los mayores empujamos al sinsentido del horror. Hay menores,
muchos menores, empapados de crimen, delincuencia, odio, de un mundo negro de
calaveras y piercings en el corazón, de
experiencias sexuales para las que no están preparados, de clínicas abortistas
en las que pretendemos que resuelvan esas experiencias, del vómito de los
peores rincones de internet, de abuso, violencia, arrinconamiento y exclusión,
de falta de empatía, de soledad… ¡mucha soledad! Soledad de hogares rotos, de
padres ausentes, de padres irresponsables, de fracaso escolar y autismo social.
Nunca el alma de los niños ha estado tan enferma ni tan medicada. Nunca se ha
apuntillado antes la inocencia, pero hablamos de una niña que apuñala a un
compañero y nos quedamos tan tranquilos, sin pensar qué hemos hecho con ellos,
qué estamos haciendo con la familia.

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