21 ene. 2018

Aplaudo cualquier medida que venga a mejorar la convivencia. Y entre todas, las que pretenden evitar cualquier imposición por parte de quien ejerce la violencia en todas variantes. Los abusos sexuales, tan numerosos, tan vejatorios y tan cobardes imposibilitan una convivencia sana y pacífica. Por tanto, adelante con las campañas y las medidas punitivas para quienes aprovechan una pretendida autoridad para derramar la casquería de sus frustraciones. Respecto al habla y los tocamientos, ya no son solo la calle y los medios de transporte, los parques y las aglomeraciones de entrada y salida de los espectáculos los escenarios escogidos por los guarros. Como para sus perversiones necesitan la seguridad de cierto anonimato, la llamada de teléfono y las redes sociales se han convertido en la tapadera preferida de su cobardía.

Pero una cosa es la suciedad de esas mentes calenturientas y otra el piropo, esa fórmula latina con la que el varón celebra, con gracia, ocurrencia y respeto, los dones con los que ha sido bendecida una mujer. Claro que vivimos una etapa tan extraña, que de todo se pretende hacer delito bajo la excusa de la homofobia, de la heterofobia y mil y una fobias más, excusas para la implantación de una dictadura de las ideas blandas.

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De estudiante yo fui muy lisonjero: me gustaba celebrar la belleza femenina. A veces eran piropos inocentes que brotaban al instante y que al instante me hacían enrojecer. Otros eran un billete —eso que ahora llamamos “nota— que se colaba en la cajonera de un pupitre. Otros un dibujo (recuerdo la imposibilidad de aquellas horas de estudio en la biblioteca de la universidad, ante la presencia de una chica guapísima) abandonado sobre un libro abierto. Si tanta candidez hubiese merecido una multa, con gusto me habría dejado multar, bonito modo de lanzar un nuevo piropo.

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