27 jun. 2018

La sociología vino al mundo moderno para trocearlo en tantos por ciento, en pedazos de tarta, en numerales ordinales, en pirámides, en barras de colores y gráficos. Es la sociedad estratificada en muestreos y encuestas: «díganos, del uno al diez, siendo el uno baja satisfacción, siendo el diez máxima satisfacción…», tendencias, estudios de campo, análisis, estrategias, mercado… Frente al tú a tú, a la forja de una personalidad individual, con su nombre, su apellido, sus raíces y todo lo que fragua la conciencia y el libre albedrío, el sociólogo analiza pautas, probabilidades, campanas de Gauss con las que define el comportamiento de la masa (compartimentada por edades, niveles de estudio, raza y todas las características que se puedan evaluar).

Los sociólogos saben que la sociedad es maleable según lo que impone la moda que, a su vez, imponen aquellos que la fabrican y manejan. Ellos son los dueños del pensamiento y el comportamiento, constructores y destructores del mundo, responsables de los cambios que hacen de nuestro tiempo una etapa reconocible no solo por los adelantos técnicos sino por una singular concepción del ser humano en la que —y no es broma— muchos de los elementos de lo humano se van evaporando.

La sociología puede servir para cuestiones políticas, comerciales, estratégicas… pero no para la vivencia de la fe. Si creer y amar a Dios dependiera de tantos por ciento, hace décadas que los cristianos habríamos tirado la toalla, la fe por la borda de la desesperanza. ¿Es importante conocer el tanto por ciento de los bautizados que acuden a misa los domingos y fiestas de guardar? Porque la cifra, al menos en España, no invita al optimismo. ¿Es importante saber cuántos jóvenes sienten desafección respecto a la Iglesia? Vuelvo a insistir en que la cifra, en España también, no invita al optimismo. ¿Es importante que tengamos claro el número de los bautizados que viven de espaldas a los quince Mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia? Insisto de nuevo en que, al menos en España, la campana de Gauss mostraría unos datos nada halagüeños.

Visto con las gafas del sociólogo, pudiera dar la impresión de que Dios se ha desvinculado de sus criaturas: los paraísos naturales han empequeñecido, menguan numerosas especies animales y vegetales, la polución vicia el oxígeno, los océanos están cuajados de plásticos y manchas de aceite… Y si la caída libre de la Naturaleza no fuera suficiente para anunciar la ausencia del Dios de la Ley, del Dios encarnado, a día de hoy arrastramos las barbaries cometidas por el hombre contra el hombre a lo largo del siglo XX, que se unen a las barbaries que cometemos en el siglo XXI, incluidas aquellas que sus autores justifican en nombre de la religión. Y si con todo no tuviéramos aún lo necesario para dar el apagón definitivo a la fe en el Dios que nos salva, observemos cómo se contagian a ritmo de pandemia las legislaciones que buscan acabar con la vida de los más débiles, la perversión de los sexos a través de la Teoría de Género o el rediseño de la familia.

Este panorama resultaría desolador para un cristiano si no supiera que la salvación es individual. Cristo no fue sociólogo, por lo que no nació, murió y resucitó para redimir una masa, un muestreo ni una encuesta. A Él no le interesaban los bloques de población porque su impronta vino a cambiar al individuo, con su nombre y apellidos, con sus raíces, con su historia y sus pecados personales. Su pacto es de tú a tú («Ven y sígueme»), luminoso y optimista. Por eso nos solicitó que fuésemos sal para preservar esa masa de los sociólogos que tiende a corromperse, que fuésemos luz para iluminar ese mundo oscuro y ciego, carne de estudios de campo.


Dios es dueño de cada tramo de la Historia, también, por supuesto, del que nos ha tocado vivir, en el que la Iglesia —al menos en el mundo occidental— se va reduciendo en el número de fieles comprometidos. Como en los primeros tiempos, este repliegue nos obliga a un compromiso personal, liberado de aquel “catolicismo social” con tan pocos alicientes, en el que todo se juega a la carta de la santidad personal, según la forma realista, animante y urgente que el Papa Francisco nos propone en su exhortación “Gaudete et exultate”, en cuyas páginas no hay lugar para la sociología.








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