1 jul. 2018

Aquellos que viven cerca del mar y disfrutan de la playa durante todo el año, puede que no entiendan el ansia con que los mesetarios buscamos la costa durante las vacaciones estivales. Se puede descansar en un pueblo tierra adentro, podemos distraernos con la magnificencia de las montañas, tal vez nos esperen una y mil ciudades del interior con las que avivar nuestra pobre cultura… pero nada, absolutamente nada es comparable a lo que nos depara la playa, donde se juntan los elementos para que podamos recomponernos después de todo un curso.

Hay quien se pone muy exigente a la hora de elegir playa. Los hay que prefieren un agua fría, de esas que te cortan la respiración, y quienes escogen vivir la experiencia de sentirse un fideo en un caldo recalentado. A unos les gustan las olas, cuanto más amenazantes y espumosas mejor, y a otros una mar chicha, como un plato, en la que cada brazada rompe una mancha aceitosa de bronceador. Para muchos lo principal es la calidad de la arena: ni muy fina ni muy gorda. Incluso existen raros especímenes que se regodean entre piedras como si fueran faquires, y sobre esas incómodas lajas extienden la toalla y sujetan la sombrilla en un portentoso ejercicio de ingeniería civil. El servicio playero también cuenta a la hora de decidir el lugar del baño. No es lo mismo una cala con una lengua de tierra, que una línea de costa salpimentada de chiringuitos, como no es lo mismo pasar el día en una playa virgen que hacerlo en una de ciudad, con su paseo marítimo, sus hamacas, sus vendedores de pareos y gafas de sol, su pareja de municipales, su equipo de socorro con torreta, prismáticos y tío cachas en bermuda roja, sus redes de vóley, los pedalós, las sombrillas fijas de brezo y la zona acotada para aquellos que practican windsurf. Hay playas para nudistas (extraña especie capaz de mantener una conversación, tomarse el aperitivo, jugar a las palas y hacer castillos en pelotas, de arriba abajo, como si fueran dulces bebés), playas para todos los públicos tomadas también por los nudistas y playas en las que el nudismo es parcial (el verano incita a determinada gente a quitarse la ropa, sin considerar el gusto por la estética y los buenos modales del resto de veraneantes). También hay bañistas que sólo aguantan unas horas en la playa y otros que incluso duermen en los arenales. Los hay que odian los bocadillos con grumos de arena y otros que organizan —en un visto y no visto— un comedor portátil, con primero, segundo y postre, transistor de radio y hasta televisor. Se puede optar por los decibelios del público, que pueden ser moderados o insoportables (abuelos que gritan a sus nietos, nietos que gritan a sus abuelos, padres e hijos chillones…). Así como hay caletas en las que es posible poner una sandía o un melón a remojo, hundido en una bolsa amarrada a un palo (mejor que no haya un cambio significativo en el nivel de las mareas, pues el fruto desaparecería bajo las aguas), hay mares en los que siempre sopla un viento huracanado, donde melones y sandías podrían salir volando antes de que su dueño logre meterlos en la susodicha bolsa de plástico, para riesgo de los turistas. Por último, si unos buscan playas que tengan rocas para pescar cangrejos, mejillones y lapas, otros asientan la silla allí donde se pescan latas vacías de berberechos, una sandalia a medio devorar por los peces o una compresa, extraño elemento que es parte de los ecosistemas de nuestra costa.

En traje de baño no hay lugar para el disimulo: somos como somos, así que nos presentamos a los demás blanquísimos, tostados o ennegrecidos como el carbón; gordos, flacos o esmirriados; con pies feísimos, feos, pasables o bonitos (que suelen ser la excepción).  Por otro lado, es la playa también el lugar ideal para reírse por lo bajini de aquellos que han hecho de la apariencia su razón de vivir: el que pasea, vanidoso, sus horas de gimnasio; la que presume de un moreno más que artificial; aquel que se ha depilado hasta dejar su piel como la de una rana; esa cuyos muslos no son capaces de soportar otra liposucción o ese que el verano pasado brillaba por su calvicie y ahora nos sorprende con un ondulado flequillo.

Si hay algo que me enternece de las playas son los niños y los ancianos. Unos porque hacen del arenal el universo de sus juegos infinitos. Otros porque buscan en los baños una fuente de salud y porque aprovechan sus largos paseos para avivar la llama longeva de su amor.





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