1 oct. 2018

Me encontraba en el colegio, con un pie en la mitad del recorrido de lo que antes llamábamos BUP, cuando el profesor de Lengua y Literatura nos mandó un comentario de texto acerca de un artículo de prensa firmado por el doctor Gregorio Marañón, al que ya ni se le conoce ni se le espera en ninguno de los programas escolares y universitarios. A los letrados de hoy, como mucho, su nombre le suena a estación de metro o a hospital madrileño. Venganzas del destino (finis gloriae mundi) y una lástima, constatación del desdén con el que los españoles valoramos nuestra historia y a sus personajes egregios.

Marañón, intelectual de primer orden (nacido para la ciencia y el arte, para la medicina y el pensamiento, para la política y la escritura, para la divulgación y el mecenazgo… ¿dónde quedan personas así?), primer espada como conferenciante, de cultura vastísima y disertador políglota, nos echaba en aquella pieza periodística un capote a los estudiantes que íbamos a llegar a la universidad años después de su muerte. Como sucedía por aquel entonces, como sucedió antes, como sucede ahora, como ha sucedido siempre, no es fácil que un muchacho, que una chica, den una respuesta convencida a uno de los primeros dilemas existenciales en la vida: llegar al mercado laboral a través de unos estudios superiores.

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Marañón sabía que se trata de una decisión demasiado importante como para tomarla al buen tuntún, empujado por el «te toca» que impone cumplir diecisiete o dieciocho años. Quien más, quien menos quedará señalado a partir de entonces por la naturaleza de dichos estudios. Quien más, quien menos deberá desenvolverse alrededor de los conocimientos que se supone recibirá en dicha licenciatura. En la época de don Gregorio, esta vinculación entre universidad y profesión apenas ofrecía dudas: uno era, en buena medida, aquello que estudiaba. Hoy disfrutamos de márgenes algo más distanciados entre sí, especialmente en algunos campos que son como el bolso de una mujer sofisticada, en el que cabe todo, lo que redunda en la posibilidad de trabajar en labores no vinculadas a la letra del título oficial.

La universidad fue una de las mejores iniciativas de la humanidad, pues con ella pudo dar pasos de gigante en todos los frentes, liberándose en buena medida del marchamo de la brutalidad y la ignorancia. De los estudios generales de los primeros siglos —desde el médico al filosófico, pasando por el jurídico y el artístico—, al abanico de concreciones que hoy se ofertan para cada una de las ramas del conocimiento, dejes de un milenio que pretende funcionar como una máquina, en el que la especialización (y, por desgracia, la ignorancia en todo lo demás) es clave para que nuestras sociedades acomodadas funcionen con la exactitud de un reloj.

Los antiguos universitarios nos preguntamos alguna vez qué carrera escogeríamos si la vida nos ofreciera una segunda oportunidad, especialmente aquellos que nos sentimos desconcertados al llegar a aquella difícil encrucijada de la que advertía Marañón. En mi caso, que soy un humilde diplomado en Derecho con unas cuantas asignaturas de Periodismo aprobadas en la cartera, ni las leyes ni la actualidad me atrajeron como para dedicarles las mejores horas de mi juventud. Fui víctima —lo escribo sin acritud— de un tiempo en el que la universidad era lugar de paso, requisito de la clase media para continuar siendo clase media. Estaba controlada por la política en sus facultades públicas, por la desidia de muchos profesores en sus facultades públicas y privadas. Íbamos a clase como quien va a por churros, estudiábamos sin apasionamiento y volcábamos en el examen, como papagayos, lo aprendido. No nos enseñaron a elaborar un pensamiento crítico, a debatir, a alimentar una mirada de múltiples direcciones. Al menos aproveché el tiempo para leer, actividad de la que saqué el mejor de los partidos.

Decía Marañón que todos los hombres servimos para casi todo, si es que ese todo lo deseamos con irrefrenable voluntad. La vocación, continuaba, es cuestión de fe y no de técnica. Es en lo único que disiento de su planteamiento sobre el acceso a los estudios superiores: la vocación es cuestión de don, de perseverancia en una habilidad recibida, de ilusión y emociones, también de fracasos, pero no de fe, pues si yo hubiese creído alguna vez que debía convertirme en médico, aún estaría escondido debajo de una camilla.









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